El Tribunal Agroambiental ha sido claro: la muerte del jaguar en Guayaramerín no puede considerarse un hecho aislado. Este acto brutal atenta contra una especie protegida por medidas cautelares desde abril de 2025 y contra los ecosistemas que sostienen nuestra propia existencia.
El jaguar, símbolo de equilibrio y fuerza, es un componente esencial de los ecosistemas bolivianos. Su desaparición no solo significa la pérdida de un animal, sino el debilitamiento de corredores biológicos y la degradación de nuestro patrimonio natural.
El felino fue abatido a tiros, decapitado y desmembrado. Este crimen refleja ignorancia y desprecio por la vida. No es cultura, no es necesidad: es violencia contra la naturaleza.
La justicia debe actuar con firmeza. Es necesario esclarecer los hechos, sancionar a los responsables y garantizar que nunca más se repita una atrocidad semejante.
Proteger al jaguar es protegernos a nosotros mismos. Cada disparo contra la fauna silvestre es un disparo contra el futuro de Bolivia.






























